Lloverse
un botón, otro más, otro y desnuda,
sin vergüenza ni duda
se ofrece al vendaval de su latido.
Piadosa ceremonia del gemido
que la ciñe y la escuda,
espina vertical de pena aguda
que atraviesa su vientre florecido.
Deleite de entrecasa,
vigilia milenaria, viento, brasa,
diluvio que no cesa.
Allí donde mi mano la consiente,
tan hondo, que hondamente
estalla en un temblor de lluvia espesa. ©
Del libro Oceanario.
Recitado en el Café Montserrat y Radio UAI.
















