Fruto
no ves, mujer azul, que tengo hambre
de pulpa de pezones y de fruto.
Delgada cicatriz de negro luto
con desnudez de enjambre,
astilla vertical de la raigambre
del cauce de tu vientre diminuto.
Regálame la flor del dulce gozo,
estruendo y alborozo
de rojas tempestades y resabios.
Altar de adoración, herida ciega,
diluvio que doblega
el surco de sequía de mis labios. ©
Del libro De diluvios y andenes.
Recitado en el Café Montserrat y en el Homero Manzi.
















